Y llegué a Delhi, un lugar temido lárgamente porque todo el mundo me hablaba horrores de la capital de India. El autobus paró en un solar de Old Delhi que era una papilla de barro y basura perfectamente fundidos. Rechacé las nefastas ofertas de los taxistas, que me ofrecían llevar, por precios elevados, al hotel que ellos proponían. Gracias a Uri y Nati tenía una tarjeta de un hotel de Pahar Ganj, por lo que tenía claro a donde dirigirme, si bien no sabía si tendría sitio.
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sábado, 14 de agosto de 2010
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