miércoles, 21 de abril de 2010

LOS DOS ATAQUES DE CHITWAN

10 de abril, Kathmandú. Daniel y yo fuimos bien temprano a coger el autobús camino del parque natural de Chitwan. Ya el llegar a la estación de buses fue complicado y lo conseguimos a la tercera, pues parecía que nadie conocía de dónde saldría el nuestro.
El camino fue algo duro: seis horas para 190 kilómetros. Ya para salir de Kathmandú echamos mucho tiempo. En los asientos además a mi no me cabían las piernas y el respaldo de Daniel estaba roto. A cada momento, una parada, vendedores de pepinillos que entran, gente que sale.

 


Al final llegamos a un pueblo que no era Sauraha, la localidad de destino. Allí cogimos un bicivolador que nos llevaría los seis kilómetros de distancia. El camino no se le hizo nada fácil al conductor pues las mínimas cuestas y baches le impedían continuar, por lo que teníamos que bajar del vehículo para aligerar la carga y ayudar a tirar un poco. Atravesamos campos y pequeñas casas de labradores.


Ya en Sauraha nos acomodamos en el Wendys Lodge: dos hombres solos en una sola habitación.
Sauraha está separada del parque natural de Chitwan por el río. Tiene una bonita zona de recreo, con playa fluvial y chiringuitos donde se puede disfrutar la puesta del sol sobre el bosque. La temperatura en Sauraha era considerablemente más alta que en Kathmandú, al menos 35º, a la frontera con la India se puede llegar atravesando el parque, procurando no ser comido.


Esa tarde la pasamos tomando nuestras cervezas y disfrutando de la puesta del sol. Para el día siguiente nos esperaba una completa jornada de naturaleza.


Por la noche, a pesar de tener mosquitera en la cama, fui picado amorosamente por una pareja de simpáticos mosquitos, que no sé si se habían colado por algunos de los agujeros de la red (tenía varios) o eran residentes. En medio de la noche andaba yo pe nsando: selva, trópico, mosquitos, picapica,.. ya he cogido la malaria y es mi primer contacto con este clima. Al día siguiente pregunté a nuestro guía y me dijo que no me preocupara, que en ese lugar y en esta época del año no había malaria. Aunque en el tiempo en el que estuve en Sauraha fui acribillado (¿porqué siempre encuentran un hueco en mi?)... el amor ciego que me profesan los mosquitos por ahora no me iba a complicar las cosas. Me comentaron que en estos lugares cuando alguien coge la malaria se le aplica un tratamiento de beber vino de la tierra durante algún tiempo hasta que se acaban curando (esto me recordó lo que sucedió en el rodaje de La Reina de África, donde los únicos que no enfermaron fueron John Huston y Humprhey Bogart).

A las 6h30 de la mañana se presentó en el lodge el que sería nuestro guía. Desayunamos y preparamos con él lo que sería nuestra jornada. Por la mañana, remontar el río en canoa, después caminar tres horas por el bosque (que luego fue menos), vuelta a Sauraha para almorzar, y por la tarde, cuatro horas y media de jeep safari. Todo por 3.200 rupias nepaleñas, unos 34 euros. Aceptamos.
Subimos en la barca y anduvimos placidamente recorriendo el río durante algo menos de una hora. El bote estaba hecho con un tronco vaciado de un árbol. No había peligro en tal trayecto, si te caías de la barca te podrías hacer daño golpeándote con el fondo y los cocodrilos de esta zona casi siempre prefieren pescado a carne.

En la orilla del parque nos estaba esperando un segundo guía experto en recorrer los trillados caminos para turistas. Atravesamos bosque y claro, y de vez en cuando nos cruzábamos con algún grupo de aguerridos turistas como nosotros. El guía me comentaba que su trabajo era muy peligroso puesto que cuando hacía excursiones al fondo de la selva (que eran una minoría), de una semana de duración, el peligro acechaba por doquier y sólo podían defenderse con un palo de elefantes, tigres, leopardos, rinocerontes, osos... mal rollo. Y es que el parque de Chitwan es el más completo de todo Asia en lo que animales salvajes se trata, aquí hay de todo de lo que se puede encontrar en el continente.

Yo la verdad es que al principio no me creí mucho lo de la peligrosidad, sobre todo cuando a lo lejos se nos cruzó un jabalí, saltó a un lado un pavo real y acabamos persiguiendo a un pollo ante la consigna: Attention, chicken!!... esto no es serio, oiga.
Pero la cosa se puso más interesante cuando el guía de otro grupo le informó a los nuestros que cerca había un rinoceronte. Nos acercamos sigilosamente y en la espesura, a unos 50 metros se podía adivinar un rinoceronte durmiendo la siesta mientras agitaba su cola. Pensamos que ese rinoceronte debía tener una patada encadenada al árbol.


Después de tan tranquilas emociones volvimos a Sauraha, nos refrescamos y almorzamos. Después volvimos a la tarea. Cruzamos de nuevo el río y allí nos esperaba un jeep junto con otros cuatro pasajeros francófonos. Nos pusimos a rodar, y la verdad es que es difícil encontrar actividad tan aburrida e incómoda. Hacía mucho calor y no había mucho que ver, salvo árbol y árbol y árbol, pradera, pradera y pradera. Íbamos sentados los seis pasajeros en la parte abierta trasera pero mirando al de enfrente, por lo que para ver despejado había que girar completamente el tronco. Además, los asientos de tabla ligeramente acolchados y los botes del vehículo ponían a prueba la resistencia de nuestros coxiles. En medio de una gran emoción pudimos contemplar a lo lejos una cigueña (no encuentro la diéresis por ningún lado, este teclado está en nepalés), una familia de ciervos, un pequeño cocodrilo y unos monos. La llamada de lo salvaje me hacía dormitar a cada momento, y creo que a Daniel también.

Hicimos una parada para ver el centro de cría de cocodrilos, unos bichitos mucho más pequeños que los africanos y con la boca mucho más estrecha, de hecho sólo comen pescado (creo que hay otro tipo de cocodrilo más grande y carnívoro, pero esta información no la tengo contrastada). El caso es que la parada no mereció mucho la pena salvo para despertar, estirar las piernas y aprovisionarse de agua.


Al volver a subir al jeep le pedí al guía el ocupar su sitio. Se trataba de ir por la parte de afuera del coche, agarrado a las barras y de pié sobre el parachoques. Os puede parecer una idea absurda e incómoda, pero prefería estar así que sentado dormitando y sin ver gran cosa. Al principio se me hizo algo duro, pero mereció la pena porque podía mirar a todos lados sin chocar con mis compañeros.


Siguió la excursión en la misma tónica pero en un momento paramos. Delante nuestro había otros dos jeeps observando la escena. A unos 53 metros, entre unos árboles y altas hierbas, había un rinoceronte y su cría. Nos pusimos a hacer fotos. Yo me bajé del jeep puesto que iba en el parachoques. Los rinocerontes comenzaron a desplazarse hacia la derecha y todos les seguimos con las miradas y las cámaras.
Nuestro guía le dijo al conductor que encendiera el motor.
Mamá rinoceronte seguía caminando y tras desaparecer tras un árbol, su cabeza asomó sobre la pista. A continuación todo su cuerpo se nos hizo visible y de repente comenzó a correr hacia nosotros. Yo que estaba en tierra me así con el brazo a la barra del jeep y me senté sobre la puerta trasera de un salto y el coche empezó a correr. El rinoceronte corría como a 60 kilómetros por hora y al principio parecía que nos iba a alcanzar. El bicho levantaba tras de sí una enorme cantidad de polvo y el jeep todavía más. A gran velocidad yo iba dando votes asido con mi brazo y con el otro intentando hacer alguna fotografía. Entre la polvoreda se veía correr al incansable rinoceronte hacia nosotros. Lo debimos tener como a 15 metros, pero finalmente la velocidad del jeep y la mayor resistencia de un motor diesel hizo que lo perdiéramos de vista tras una persecución de unos 500 metros.



Cuando paramos yo estaba completamente cubierto de polvo, al igual que la cámara. De repente, a todos se nos había pasado la soñarrera. Nos felicitamos por la emoción vivida y uno de los franceses nos mostró que lo había grabado todo en vídeo. El guía me preguntó si no había pasado miedo y cómo era que me había tomado mi tiempo hasta subirme al jeep.

Ya mucho más contentos por la excursión seguimos camino y paramos en una torre de vigilancia de la selva, donde pudimos intercambiar nuestros pareceres y observar como en las inmediaciones había otro rinoceronte.
Volvimos a Sauraha y la gente de los otros dos jeeps que iban delante vinieron a ver cómo había resultado todo, ya que ellos lo único que hicieron fue correr sin ver nada, siguiendo las órdenes de nuestro guía. Lo cierto es que tuvimos suerte de que en el trayecto no hubiera ningún baches importantes, porque un accidente nos podría haber mandado al otro barrio: o nos estampábamos con el jeep, o nos estampaba el bicho.


Sentados en las hamacas de Sauraha, con la selva al otro lado lado del río, cubiertos hasta arriba de polvo y bebiendo una cerveza Everest medianamente fría que nos supo a gloria, pudimos contemplar como, sorprendentemente, el sol se pone cada día.


Al día siguiente Daniel se marchó a Pokhara ante la duda de si habría buses o no, puesto que era fiesta. Yo, por ello, en lugar de marchar a Kathmandú decidí quedarme un día más en Sauraha. Estuve poniendo al día mi diario que desde antes del Tibet no lo había tocado, por lo que estuve todo el día liadillo con esa tarea. Por la tarde, mientras estaba disfrutando de nuevo de la puesta de sol, le pedí prestado el libro de Nepal a una chica francesa que andaba por allí sola y finalmente fuimos a cenar juntos. No penséis mal, que luego se le unió otra chica, esta vez argentina y después de cenar, cada uno a su sitio.

Yo, que soy de difícil acostar, en su lugar me quedé en el jardín del lodge terminando de escribir lo que me había propuesto para esa jornada. Estaba yo allí con el caloraco, con mi pipa y con la escasa luz de una bombilla, cuando de repente aparece el dueño del lodge vestido con un pareo y una camiseta de tirantes. Se sienta  mi lado y me pregunta que qué me parece Nepal seguido de lo cual me pone una mano en el muslo.
En este país la gente se toca mucho por lo que aunque me temí lo peor, no sabía si cortarle la cabeza en ese momento o esperar unos segundos. El tío, a pesar de mi torpe respuesta sobre el Nepal comienza a subir su mano y con la otra me acaricia la espalda. Con un rápido movimiento me zafo, pero el tío al poco lo vuelve a intentar, a lo que yo le respondo de forma más contundente. Tras unos segundos que se le debió hacer eternos (o no) se marchó deseándome buenas noches. Claramente su cabeza se había recalentando al ver aparecer el día anterior a dos hombres solos que compartían habitación.
Seguí escribiendo y al poco se volvió a presentar, pero esta vez tan solo para regalarme una botella de agua.

Al día siguiente, en lugar de coger el autobús de línea normal para regresar a Kathmandú decidí coger el turístico, más cómodo y mucho más rápido. Para ello me acompañó el guia que andaba por allí, y aunque íbamos andando hacia los autobuses, a dos kilómetros de Sauraha, cuando pasó un jeep con otros turistas, salimos corriendo y lo cogimos en marcha agarrados a las barras y con los pies en el parachoques. Cada vez me parezco más al doctor Jones (no sé si a Mister Indi, o a Mister Co).
El regreso, aunque algo más cómodo que a la ida duró incluso más, casi ocho horas. Razones: las paradas y el atascazo para entrar en Kathmandú, y claro, en estos países los vehículos van despacio (si encima corrieran se matarían todos el primer día).

Ya en Kathmandú decidí buscar un hotel diferente a donde había estado, quería un lugar con terraza o con jardín para poder escribir mi diario y además, que fuera algo más barato. Finalmente encontré el hotel Puskar, en pleno Thamel. Por 300 rupias (unos 3 euros) tendría una habitación grande y sucia para mi sólo, con continuos cortes de luz y con terraza en el edificio. Volví al primer hotel a recoger el grueso de mi equipaje y, cuando ya andaba por la calle, vino el dueño del hotel para preguntarme por qué no me quedaba con ellos. Pues por lo mismo que me marchaba.

8 comentarios:

  1. Qué arisco te pones Juanjo, con lo cariñosos que son los nepalíes. Así no se puede.
    Y luego vas tan provocativo, que qué quieres.
    Mira como las muchachas no te molestaron.
    Un saludo, gigoló.

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  2. TONTORRÓN NO BEBAS NADA QUE TE OFREZCAN LOS DESCONOCIDOS QUE QUIEREN CARIÑO, LE ECHAN DROGA A LA BEBIDA...
    Me empiezo a creer la historieta del Rinoceronte, porque lo he visto de cerca en la foto.
    Saludines biciclistas.

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  3. VIVA EL WISKY M´C DOWELLS Y LOS TRANSPORTES SHIVA BABA TOURS & TRAVELS.
    Si tú eres más de Auto-res, La Sepulvedana y del Dyc, ¿Dónde te has metido? Sal de ahí que te envenenan (y te taladran)
    Saludos de un baby-sitter

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  4. Aupa Juan!

    Impresionante la anécdota del rhino, las fotos... (y el viaje en general)

    Saludos desde Vitoria!!

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  5. Que bueno: la famosas persecución. No veas si corría el bicho ¿no? En cuanto a lo del chaval de la botella de agua; seguro que todavía te acuerdas de algún detalle del pareo

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  6. Es una selva muy peligrosa, hace pocos días (aun estoy en Nepal) nos persiguió un Rino cuando estábamos caminando por la jungla, estuvimos a punto de perder la vida. nos salvamos porque esa parte de la selva estaba con bastante vegetación. Saludos

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